Somos máscaras que nada enmascaran.
Quien no representa algo deja de existir.
Estamos condenados a un papel en esta obra,
encadenados a interactuar en este escenario.
Somos las marionetas de nosotros mismos.
Tristes máscaras que imitan otras máscaras,
jugando y bailando con las sombras al viento.
Nuestros ojos no ven, lo hace el pensamiento,
y el hombre es al hombre tan solo un concepto.
Porque, si no pensásemos...
¿Acaso nos estaríamos viendo?
No como nosotros nos vemos.
Seríamos desnudos como el universo.
¡Qué bien el poder verse como ve un perro!
Ver claro, sin juicios, sin complejos procesos internos,
¡Maldecir con mala cara las palabras y los conceptos!
¡Tanto concepto, concepto, concepto, concepto!
Con tanto concepto ya no se vivir de las estrellas.
Tengo la sensación de que una vez nos perdimos,
un sueño antiguo, un recuerdo de algo que vivimos,
la reminiscencia vaga de nuestro paraíso infinito,
la certeza de que tu y yo comprendíamos el sol.
Tengo un dolor y una falta en el corazón.
(¡Sentir! ¡Joder! Siempre sentir.
Sentirse enteramente uno,
fuera del espacio y del tiempo,
más lejos de todo pensamiento,
ser, sentir, y olvidar que se siente,
dentro de la luz, la verdad, y el silencio.)
la máscara de mi máscara es Allan Winter.