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30 de enero de 2014

Poetas, que vivís del cuento


La literatura lo incluye todo.
¡Qué sinvergüenzas los poetas,
que dicen tantas cosas,
pero no saben nunca por qué las dicen!

Las personas inteligentes son más infelices.
Quizá esto no se haya dicho así, pero yo lo intuyo por un razonamiento lógico derivado de eso que se dice: la ignorancia es la felicidad. O eso otro: los tontos son más felices.
Ambas afirmaciones son ciertas sólo en parte: una persona inteligente será infeliz hasta que no aplique su inteligencia; esto es, hasta que no estudie literatura, y por ende, filosofía. La persona inteligente será infeliz siempre si no lo hace; su hiperautoconsciencia –condición propia de quienes son inteligentes – siempre le estará advirtiendo, más o menos expresamente, de que no está cumpliendo con su cometido.
Esto es eso que se dice de que para ser feliz hay que sentirse realizado.

Pero quien se preocupa en conocer, de la manera en que sea –pues todos los hombres y sus artes hablan de lo mismo – terminará, inevitablemente, siendo feliz.

Al fin lo he comprendido: el arte es un asunto intelectual.
Quien diga lo contrario, miente. Miente deliberadamente, porque se reconoce como mal poeta: 
un poeta sinvergüenza y pretencioso.

18 de enero de 2014

De ahí que nos entendamos tan bien


Cuanto más, menos; así parece estar educándome esto que se supone llamado vida: olvidándome de todo lo aprendido y volviendo a entender que no son los tópicos menos ciertos por tópicos. Dado que el arte bien hecho sólo habla de la sencillez y la facilidad -¿a quién le gusta ver a una bailarina esforzándose por bailar?-, es esa misma ausencia de dificultad aparente de la que hablan los lugares comunes que además y, mágicamente, son territorios complejos. Yo siempre supe que el arte era un asunto intelectual; hasta que lo olvidé. Me alejé de todo lo básico por considerar que lo complejo, por complejo, era bello. Pero es que hasta en la belleza de lo oscuro hay sencillez.

Lo diré dando a cada palabra el valor inmenso que posee, a la asociación de las palabras la sabiduría incalculable que las une: todos los caminos llevan a Roma.

20 de diciembre de 2013

No escribir equivaldría a vivir

La mejor novela de un hombre es ésa que nunca publica. Ésa que no debió ni quiso nunca compartir. Ésa que hallaron en los cajones de su habitación, emborronada, escondida, tratada por él mismo como si fuera polvo, pues el hombre mismo sabía, -y con razón-, que efectivamente lo era. Pues las verdades ¿para qué decirlas, si son verdades? Del resto se ocupa la Historia, el tiempo social, la Navidad, la Publicidad y estas mismas palabras. ¿Puede el hombre redundar en lo esencial? ¿Puede el hombre hablar con verdad de la verdad? De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse, dijo alguien. Pues los filósofos asombran a los filósofos, dijo otro alguien, y, de todo lo que está escrito, lo mejor es lo que imaginamos, -escribo yo mientras imagino la obra que nunca escribiré, la obra que  guardaré para mis adentros: la obra que, quizá, le cuente a mis hijos en alguno de mis silencios-. La mejor novela de un hombre es ésa que revolotea por encima de su cabeza, esa que trae aire, que, puesta en palabras, se estropea. Y es por eso que el individuo más insospechado es siempre el más válido, aquel que, callando, consigue que todos intuyamos por qué nos incomoda el verdadero silencio.

8 de noviembre de 2013

Mamá, quise ser artista

Quién tiene cojones de escribir poesía sin pensar en lo que pueden estar pensando. Quién es tan valiente como para vivir la vida sin vivírsela en los otros. Quién, en definitiva, tiene lo que se necesite para vivir su propia vida. Quién, en su sano juicio, podría vivir la vida que se sabe merecida. Qué sentidos, qué intelecto, qué conjunto de loqueseas sabe aceptar de una vez por todas que el mundo no es lo que proyectamos de nuestro uno. Quién no se dice nunca que no se soporta antes del sueño tras el que esperamos el siguiente y -por tanto-  nuevo día. Quien a todo respondiera que no -si es lo que lo hay-, no existe. Ésa es mi verdad y es lo que confirma lo antes escrito.

29 de octubre de 2013

En la misma medida en que sólo hablamos de aquello que desconocemos, admiramos en otros las cualidades que no poseemos. Sabemos de qué carecemos y lo buscamos sin descanso, enamorándonos de ello en cuanto lo percibimos en el otro. Incapaces de agarrarnos a lo que ya está, de asumir lo que ya es, nos lanzamos al vacío y perseguimos, en el amor y el sexo, el eterno agujero. No reparamos -ni lo haremos jamás- en aquellos que se nos parecen -aunque a menudo nos contemos lo contrario- puesto que no nos destacan por encontrarse en la misma frecuencia que nosotros. Sí perseguimos aquello que nos es ajeno sin descanso, lo que nos falta y que desearíamos para nosotros mismos; es por esto por lo que siempre intuí lo egoísta de eso que algunos llaman amor.

13 de octubre de 2013

Me miro al espejo pensando en que sólo hablamos de lo que no entendemos. En cómo de lo que sabemos, callamos; precisa y solamente por eso. En cómo nuestra existencia está conformada por pequeños huecos, huecos de vacío unidos por las extremidades, en que volcamos nuestro esfuerzo y toda la pasión. Y sólo desistimos cuando, de viejos, nos damos cuenta de que la única manera de vivir dignamente es, siguiendo el ejemplo de Hans Castorp, acostumbrándonos a no acostumbrarnos, aceptando que es aún más misteriosa la vida en cuanto que no contiene misterio alguno. Por aquello de lo que entendemos y de lo que jamás hablamos por darlo por entendido, nos arrojamos al sinsentido de lo que no es dable de sentido. ¡Cuánto he odiado los tópicos por considerarlos superficiales y, en cambio, pensar ahora que en ellos se contienen las claves para la ausencia de respuesta! Le doy la espalda al espejo y pienso que el cine es una farsa, un arte imperfecto por ser excesivamente explícito.

13 de septiembre de 2013

Muerte y vida de mi ego


Me di cuenta de que había estado sumido en una profunda depresión mucho tiempo después de recuperarme de ella. Como cuando voy conduciendo y veo un banco de niebla unos metros por delante de mí y sigo avanzando y al rato me doy cuenta de que puedo ver con claridad de nuevo, y me pregunto qué habrá sido de ese aire espeso hasta que, al salir y mirar por el retrovisor, lo descubro a mis espaldas. Pues yo me descubrí a mí mismo habiendo sido víctima de un simple trastorno del estado de ánimo. Había sido una persona entre millones con cuadro depresivo.
Volviendo la vista atrás, y recordando todos esos pensamientos espesos que me habían poseído durante tantos años, me di cuenta de que todo tenía que ver con lo que se enunciaba en las listas de síntomas propios de un transtorno semejante. Y de repente empecé a entender que la ciencia pesaba más, y que había más cabezas pensantes además de la mía. Y eso fue lo más doloroso de todo. Pensar en alguien parecido a mí, y decirle en voz alta para aclararme yo: «Tú y yo somos inteligentes, ¿por qué no iban a serlo los demás?»Y esqu﷽﷽﷽﷽ serlo los dem, ¿o: ´t Y es que es tan penoso ser consciente de que estoy escribiendo que no puedo sino pasarlo por alto poniendo un punto y final.

1 de agosto de 2013

Y, sin embargo, me han definido a menudo como un ser afable y facilmente tratable

¡Cuántas cosas me veo obligado a olvidar por resultarme invivibles, inmemorables, dolorosas hasta lo insoportable! ¡Qué generoso cuando olvido que mis iguales son patéticos (pues de otra manera no podría seguir viviendo)! De mi primera depresión rescaté una forma completamente nueva de pensar la vida, que me ayudó a intuir lo que algunas de las grandes sensibilidades querían decir. Gracias a la segunda, comprendí que la proximidad de la muerte -como escribe el maravilloso Imre Kertész- me había obligado en el pasado -y aún lo sigue haciendo- a una creatividad artística más profunda.  Y aún temo a mi tercera gran depresión. Pero, sobretodo, temo -como al mismo diablo- salir algún día de la eterna depresión que subraya a las demás. No señor; ni quiero, ni pretendo, ni puedo ser feliz.

La vida es un accidente. Todo es error, excepto cuando se produce el acierto.

Mi cabeza escribe pensando, piensa escribiendo. Más lo segundo que lo primero; y el objeto de conflicto, otra vez, queda reducido al miedo. En el autobús, tendiendo la ropa, mientras como mirando hacia la pared y en la cola de la gasolinera. En todos lados, excepto delante del papel: teorías, principios, axiomas que actúan a modo de antiinflamatorio, como adheridas -un rato- a la superficie de mi piel. De que no sé pensar de otra forma ya no me cabe ninguna duda. Pero todavía me tortura el hecho de que no sé, ni por asomo, hacer de ello una declaración de intenciones que tenga como vértebra el sólo placer de la continuidad. Ya lo dijo mi vieja amiga Marcela: 

Escribir pensando 
en lo que dijeron otros:
llorar escribiendo
la pérdida del autoconocimiento.

17 de diciembre de 2012

La viudez cuando es prematura

Pensé un poco en lo causal de la casualidad, una relación que nunca entendí. Cuando me hablaban de casualidades, yo pensaba en la Biología. Si me mencionaban aquello de la causalidad, me venía a la mente la magia de Merlín el Encantador. En las conversaciones sobre encuentros amorosos, creía estar rodeado de extraterrestres en un mundo que, de forma premeditada, me era hostil. Qué tortuosos los Telediarios, las anécdotas fáciles -ayer bajé a la piscina y me eché Factor 15 y me quemé-; qué infierno delirante el del cajero de la gasolinera, enfrentándose a mí tan directamente, hiriéndome con preguntas agresivas, desgarradoras, indiscretas y despiadadas -¿tarjeta de cliente tiene?-. Y todas las noches en que, desde la soledad angustiosa y apocalíptica de mi edredón, me repetía a mí mismo: Mamá, quiero ser escritor. Y aquellas otras veces en que me contagiaba del entusiasmo general y hacía las de ciudadano común y al volver al fin del mundo de mi colcha me tenía que perdonar, por considerarlo fallo humano, el haber puesto cara de cajero distraído y atareado para ocultar la carne desgarrada de mi garganta. Y el saberme escribiendo: Toc, toc, ¿Hay alguna madre ahí fuera para mí?

14 de noviembre de 2012

Otros conceptos más.

En mi intento desesperado, casi siempre confiado y finalmente fracasado, de observar lo que me rodea desde otro lugar que no sea el mío, voy echando cabezaditas de sueño incómodo. Pero a veces esta somnolencia es ininterrumpida y profunda y me digo, en voz baja, sintiéndome culpable y algo acobardado, que éso debe de ser lo que se da por llamar  felicidad.
Al toparme con la misma intención en otro como yo, o con la falta de solidaridad por parte de quienes ni siquiera se plantean si habrá otras ópticas desde las que observar un hecho, vuelve a derrumbarse todo razonamiento que comienzo a construir, siempre a caballo entre la desgana y la testarudez.

El consuelo lo encuentro en tratar de explicarme con sinceridad y claridad: sin lugar a dudas, es ésto lo que yo entiendo por una caricia.

24 de octubre de 2012

Liberar


Claro que no sé de qué habláis cuando habláis. Claro que vuestras palabras me suenan igual que a un niño de 4 años la palabra "sexo". Entiendo que os entendéis y admito el hecho de que no os comprendo en absoluto. Mi sentido de la autoconsciencia es elevado e intuyo que aún me falta para integrarme. Percibo mi inevitable y autoimpuesta resignación, que me ayuda a asumir que mi condición nunca cambiará. No tengo ninguna esperanza en llegar a hablar vuestro idioma y no he de tenerla, porque temo a la ilusión; otras veces se ha vuelto en mi contra de la manera más dolorosa.  Entonces comprendo que sólo me falta esperar; esperar a comenzar a vivir. Pienso si no me estaré engañando, al igual que poseo un nivel de consciencia elevado, soy un manipulador talentoso y sutil. Pienso si no soy yo quien ha de comenzar a intentar vivir, poniéndome en el supuesto de que los demás consideren que, así, viven. Si ellos así lo creen, entonces no tengo otra opción alternativa a la resignación. Si la vida es eso con lo que sueño, entonces he de armarme de paciencia. Comprendo que estoy volviendo a confiárselo todo a la ilusión; algo me hace sospechar de que razono de forma inmadura y cobarde, pero luego recuerdo que soy especial y se apodera de mí el sueño, la peor de mis drogas. Pienso en qué día será mañana e imagino que algo bueno me aguarda, pero percibo algo de miedo en mí ante lo maravilloso, ante la idea de que mi vida comience de una vez por todas.