En mi intento desesperado, casi siempre confiado y finalmente fracasado,
de observar lo que me rodea desde otro lugar que no sea el mío, voy
echando cabezaditas de sueño incómodo. Pero a veces esta somnolencia es
ininterrumpida y profunda y me digo, en voz baja, sintiéndome culpable y
algo acobardado, que éso debe de ser lo que se da por llamar felicidad.
Al toparme con la misma intención en otro como yo, o con la falta de
solidaridad por parte de quienes ni siquiera se plantean si habrá otras
ópticas desde las que observar un hecho, vuelve a derrumbarse todo
razonamiento que comienzo a construir, siempre a caballo entre la
desgana y la testarudez.
El consuelo lo encuentro en tratar de explicarme con sinceridad y claridad: sin lugar a dudas, es ésto lo que yo entiendo por una caricia.