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23 de octubre de 2014


Hacer lo que viene siendo mágico, en rutinas que atraviesan los sables de la inquisición del alma, que cae por un pozo de tinieblas, y luce abstracta, que alberga mi cuerpo en llamas mientras los ángeles lloran a la muerte de mis cabellos pasados de tiempo; a lo lejos, en la montaña que cubre la nube con la mortífera rutina de los oculistas anglosajones, que venidos de la selva encuentran los virus del hombre en pequeños insectos que revolotean alrededor de la cabeza en un solemne baile de mascaras y aflicciones no deseadas, que se complementan con los estallidos de amor de cualquier corazón roto o arrancado de las manos de una madre que a todos nos une en la ciencia mas antigua, que no es ciencia, sino ejercicio de fe con hormigas y grandes elefantes que desafían la voluntad de los astros con su tamaño y su masa, danzando sobre mi aura y mis manos evaporadas hacia un ser que no posee forma y que se encierra en la inmensidad del cosmos con el único propósito de cuidarse a si mismo, y volver por donde nunca antes pudo aparecer; en la apertura de un río del continente más antiguo se encuentra la misteriosa verdad sobre el origen del miedo, y el poder que absorbe al hombre en una montaña de avaricia y auto-compasión, con egos vestidos de querubines lanzando flechas de veneno del color de las serpientes, arrastradas durante el paso del tiempo por los mares, ya secos, de la lluvia, ya evaporada y sangrienta, que bulle en el interior de mis deseos más primordiales y básicos, que aletargados por un sueño inculpable, me piden que despierte y enseñe el centro de mis glándulas mamarias al mundo que habita en mi corazón, y me pide que lo alimente y que le dote de escritura y comprensión lectora en tardes de agosto, donde la muerte se cierne sobre un manto de bellas sincronicidades.

15 de septiembre de 2014


Fausto me invade las entrañas y sangro todo lo que no he llegado a comer, es sábado y no lo sé, como no sé quien soy, ni donde vivo, ni sobre qué ordenador escribo estas palabras que no son mías, como nada lo es mientras agonizo en este mar de voluptuosa infructibilidad que me asciende a los infiernos de los que nunca debí salir. Mientras lloro, una mujer bella llora en alguna parte del mundo y yo no soy su abrazo, ni lo que queda de ella después de otra decepción, ojalá pudiéramos abrazarnos en un eterno suicidio para calmar nuestra sed de lodo, como el lodo que me invade y sube por mis rocosos brazos hechos para el placer y la ternura, pero que no encuentran lugares sobre los que posarse a disfrutar del cálido aire que supura mi corazón deshabitado.



Martillo en forma de molino que atormenta mis pausadas pupilas, mientras respiro y alboroto el jardín del silencio que nunca me abarca y canto y callo mientras afuera el Dionisio, el rey de los muertos y el alcohol y los vagabundos que añoro y que desprecio, y que soy mientras les hablo y cuando se marchan con sus verdes cabellos y sus sombreros de popa al oeste de un barco que navega en tiempo y sin tiempo hacia un país que no existe entre mi mente y un jardín de bellas flores con muchachas ninfas que vuelan y saltan alrededor de mis costillas al horno con bechamel y montones de mentiras que sonríen cada vez que suena el Señor que habla en el telediario y que sólo miente y sabe que miente y convence de que miente mientras se caen las ardillas de los arboles callados que bailan y cantan al sol libres de la atadura del tiempo o de la velocidad del dedo al saltar entre nada y nada; supersónico virtuoso y felino animal de las teclas que alberga mi cabeza en noches como ésta, calladas pero alegres que cantan y ríen y suenan rosas flouds floyds flans perceptivos a través de la música, o de lo que habla entre armonías que ondulan alrededor del aire que no respiro, pues el que respiro cae y cae y cae sobre mí hasta llegar al fondo.