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19 de septiembre de 2012

Prostíbulos

Me enamoré de una prostituta
tiempo antes de conocer a Elena
entre el humo y el alcohol
me reencontré con sus labios
y sus dedos se volvieron curiosos


La música iba revolucinándose
al igual que el fondo de mi pantalón
sus manos se volvieron curiosas

Me mordió la oreja
y más que la oreja
su andar era lento
y su memoria eterna

Arrancó la lluvia de seducción
y olvidé mi paraguas
cuando llegó al primer botón
detuve el juego
recordé mi virginidad
y la mandé a la mierda.



Pedro Pazos.

2 de septiembre de 2012

Pinchazos

Venas de sangre y cerveza
alcoholizadas hasta el sentido
después de perderlo

Manto de disturbios en el cielo
la masacre se avecina triste
la camarera perdió su delantal

En la barra nadie escucha
hasta que viene de verde
y te da las gracias

En la barra se cuentan mis penas
camufladas de burbujas sin gas
vestidas de prada

Pido otro medio litro de muerte
confiando en su escaso efecto
rezando por que me arrolle un tren

En los sesenta y en silencio
la heroína acabó conmigo.

Pedro Pazos.

Desvaríos

Diez minutos frente al espejo
éramos tres y nos mirábamos en silencio
primero nos escrutamos
para ver qué aspecto tenían los otros dos
entonces reí al no entenderlo
luego ví que los otros reían
me puse serio

Vi que reían falsamente
y habían destapado mi engaño
entonces empecé a mirarlos
vi como ellos me miraban
los tres teníamos algo en común
pero no acertabamos a adivinarlo

Teníamos el mismo aspecto
pero distintas intenciones
uno culpaba al otro
el otro trataba de no culpar
hasta que los tres me culparon
apareció el miedo
la razón diciendo: estás loco
apagué la luz
y salí del baño.



Pedro Pazos.

28 de agosto de 2012

Estacas


Una noche larga y pausada
como un abrazo de Elena
cuando duerme sin nadie
cristalina y tranquila en mi regazo
aflorando en pleno gorgoteo
litros de alcohol en remojo

Rayas de cocaína frente a mí
como un paso subterráneo al cielo
afiladas en columnas ignífugas
de gas mortal

Chapuzones de pintura
vermellones puntas
clavadas en mi piel

Se acaba el hielo y todo
me queda nada y media noche
para eclipsar al eclipse

Rayos de luz disfrazados de estacas
como disparos al centro del alma
sin encontrar una respuesta
más allá de la pregunta

Un día largo y pausado
como el despertar de Elena
cuando sube sin querer las pestañas
azabaches y dulzonas hasta el veneno
deshojando en la penumbra
litros de vida en remojo.


Pedro Pazos.

4 de agosto de 2012

La música pintada

Estuve mirando durante media hora los ojos y el rostro de una mujer dibujada en música. No aparté la mirada ni giré la mente en ningún momento. Me deleité observando con detalle y sin pausa los juegos de colores que adornaban el contorno de su cara. Ella mutaba como el tiempo y el día, adoptando todas las formas que pueden ser percibidas por un cerebro humano.

Varias horas antes me encontraba sentado en el mismo sofá. Sujeteba mi vaso de ron de la misma forma que un poderoso sujeta su cargo de mando. Luis preparaba unas rayas de cocaína que habíamos encontrado curvadas en la noche y después decidido reorientar. Cogimos el coche y bajamos a Madrid.

Ellas nos miraron como segundos antes habíamos imaginado que nos miraban. Se acercaron como un orgasmo sadomasoquista de virgo y libra. Eligieron, apuntaron y dispararon. Justo de la misma forma que habíamos imaginado que harían unos segundos antes.

Después pasó el tiempo y nosotros nos detuvimos. Observamos a la gente con la superioridad con la que nos miran los dioses, con la excepción de unas pocas mujeres, dignas de nuestro respeto. Nos terminamos de beber las reservas de alcohol. La noche llegaba a su fin, como tantas otras noches, reales y absurdas.

No fue el consciente, ni la razón, ni el dibujo trazado, sino la necesidad absoluta de magia, nacida del subconsciente más instintivo y antiguo del hombre, lo que nos llevó a girar a la izquierda en Gran vía, recorrerla sin esperanza, dar un volantazo y aparcar sin ánimo de lucro en una calle paralela. Cruzamos la calle poseídos por nada más que nosotros mismos. Y allí estaban ellas, con su melena libra y oscura, su mirada penetrante como el sexo, su descaro virginal; y ella, precisa y virgo hasta el útlimo detalle, pecas y piel morena con ojos cristal mar y cabello de sol. Y allí estaban, examinándonos con su olfato de mujeres supremas, tan dueñas del tiempo y el espacio como nosotros mismos, Luis Garzón y Pedro Pazos, que aquella noche habíamos decidido cortar la realidad por el centro de su vena aorta y esnifar cocaína, y beber alcohol, y consumir alucinógenos tratando de imaginar y huir del mundo. Y vino el mundo y nos plantó toda su belleza de frente, en el cuerpo de dos mujeres, que aquella noche también buscaban la perfección.

Se acabaron como se acaba un deseo y regresé al solitario rincón donde descansa mi cuerpo las noches reales y absurdas. Pero esta noche escapó de la realidad. Estuve mirando durante media hora los ojos y el rostro de una mujer dibujada en música. No aparté la mirada ni giré la mente en ningún momento. La vida tenía una excusa.

Pedro Pazos.

Madrid . 03/08/1979