4 de agosto de 2012

La música pintada

Estuve mirando durante media hora los ojos y el rostro de una mujer dibujada en música. No aparté la mirada ni giré la mente en ningún momento. Me deleité observando con detalle y sin pausa los juegos de colores que adornaban el contorno de su cara. Ella mutaba como el tiempo y el día, adoptando todas las formas que pueden ser percibidas por un cerebro humano.

Varias horas antes me encontraba sentado en el mismo sofá. Sujeteba mi vaso de ron de la misma forma que un poderoso sujeta su cargo de mando. Luis preparaba unas rayas de cocaína que habíamos encontrado curvadas en la noche y después decidido reorientar. Cogimos el coche y bajamos a Madrid.

Ellas nos miraron como segundos antes habíamos imaginado que nos miraban. Se acercaron como un orgasmo sadomasoquista de virgo y libra. Eligieron, apuntaron y dispararon. Justo de la misma forma que habíamos imaginado que harían unos segundos antes.

Después pasó el tiempo y nosotros nos detuvimos. Observamos a la gente con la superioridad con la que nos miran los dioses, con la excepción de unas pocas mujeres, dignas de nuestro respeto. Nos terminamos de beber las reservas de alcohol. La noche llegaba a su fin, como tantas otras noches, reales y absurdas.

No fue el consciente, ni la razón, ni el dibujo trazado, sino la necesidad absoluta de magia, nacida del subconsciente más instintivo y antiguo del hombre, lo que nos llevó a girar a la izquierda en Gran vía, recorrerla sin esperanza, dar un volantazo y aparcar sin ánimo de lucro en una calle paralela. Cruzamos la calle poseídos por nada más que nosotros mismos. Y allí estaban ellas, con su melena libra y oscura, su mirada penetrante como el sexo, su descaro virginal; y ella, precisa y virgo hasta el útlimo detalle, pecas y piel morena con ojos cristal mar y cabello de sol. Y allí estaban, examinándonos con su olfato de mujeres supremas, tan dueñas del tiempo y el espacio como nosotros mismos, Luis Garzón y Pedro Pazos, que aquella noche habíamos decidido cortar la realidad por el centro de su vena aorta y esnifar cocaína, y beber alcohol, y consumir alucinógenos tratando de imaginar y huir del mundo. Y vino el mundo y nos plantó toda su belleza de frente, en el cuerpo de dos mujeres, que aquella noche también buscaban la perfección.

Se acabaron como se acaba un deseo y regresé al solitario rincón donde descansa mi cuerpo las noches reales y absurdas. Pero esta noche escapó de la realidad. Estuve mirando durante media hora los ojos y el rostro de una mujer dibujada en música. No aparté la mirada ni giré la mente en ningún momento. La vida tenía una excusa.

Pedro Pazos.

Madrid . 03/08/1979