1 de agosto de 2013

La vida es un accidente. Todo es error, excepto cuando se produce el acierto.

Mi cabeza escribe pensando, piensa escribiendo. Más lo segundo que lo primero; y el objeto de conflicto, otra vez, queda reducido al miedo. En el autobús, tendiendo la ropa, mientras como mirando hacia la pared y en la cola de la gasolinera. En todos lados, excepto delante del papel: teorías, principios, axiomas que actúan a modo de antiinflamatorio, como adheridas -un rato- a la superficie de mi piel. De que no sé pensar de otra forma ya no me cabe ninguna duda. Pero todavía me tortura el hecho de que no sé, ni por asomo, hacer de ello una declaración de intenciones que tenga como vértebra el sólo placer de la continuidad. Ya lo dijo mi vieja amiga Marcela: 

Escribir pensando 
en lo que dijeron otros:
llorar escribiendo
la pérdida del autoconocimiento.