¡Cuántas cosas me veo obligado a olvidar por resultarme invivibles, inmemorables, dolorosas hasta lo insoportable! ¡Qué generoso cuando olvido que mis iguales son patéticos (pues de otra manera no podría seguir viviendo)! De mi primera depresión rescaté una forma completamente nueva de pensar la vida, que me ayudó a intuir lo que algunas de las grandes sensibilidades querían decir. Gracias a la segunda, comprendí que la proximidad de la muerte -como escribe el maravilloso Imre Kertész- me había obligado en el pasado -y aún lo sigue haciendo- a una creatividad artística más profunda. Y aún temo a mi tercera gran depresión. Pero, sobretodo, temo -como al mismo diablo- salir algún día de la eterna depresión que subraya a las demás. No señor; ni quiero, ni pretendo, ni puedo ser feliz.