Pensé un poco en lo causal de la casualidad, una relación que nunca entendí. Cuando me hablaban de casualidades, yo pensaba en la Biología. Si me mencionaban aquello de la causalidad, me venía a la mente la magia de Merlín el Encantador. En las conversaciones sobre encuentros amorosos, creía estar rodeado de extraterrestres en un mundo que, de forma premeditada, me era hostil. Qué tortuosos los Telediarios, las anécdotas fáciles -ayer bajé a la piscina y me eché Factor 15 y me quemé-; qué infierno delirante el del cajero de la gasolinera, enfrentándose a mí tan directamente, hiriéndome con preguntas agresivas, desgarradoras, indiscretas y despiadadas -¿tarjeta de cliente tiene?-. Y todas las noches en que, desde la soledad angustiosa y apocalíptica de mi edredón, me repetía a mí mismo: Mamá, quiero ser escritor. Y aquellas otras veces en que me contagiaba del entusiasmo general y hacía las de ciudadano común y al volver al fin del mundo de mi colcha me tenía que perdonar, por considerarlo fallo humano, el haber puesto cara de cajero distraído y atareado para ocultar la carne desgarrada de mi garganta. Y el saberme escribiendo: Toc, toc, ¿Hay alguna madre ahí fuera para mí?