20 de diciembre de 2013

No escribir equivaldría a vivir

La mejor novela de un hombre es ésa que nunca publica. Ésa que no debió ni quiso nunca compartir. Ésa que hallaron en los cajones de su habitación, emborronada, escondida, tratada por él mismo como si fuera polvo, pues el hombre mismo sabía, -y con razón-, que efectivamente lo era. Pues las verdades ¿para qué decirlas, si son verdades? Del resto se ocupa la Historia, el tiempo social, la Navidad, la Publicidad y estas mismas palabras. ¿Puede el hombre redundar en lo esencial? ¿Puede el hombre hablar con verdad de la verdad? De lo que no se puede hablar, lo mejor es callarse, dijo alguien. Pues los filósofos asombran a los filósofos, dijo otro alguien, y, de todo lo que está escrito, lo mejor es lo que imaginamos, -escribo yo mientras imagino la obra que nunca escribiré, la obra que  guardaré para mis adentros: la obra que, quizá, le cuente a mis hijos en alguno de mis silencios-. La mejor novela de un hombre es ésa que revolotea por encima de su cabeza, esa que trae aire, que, puesta en palabras, se estropea. Y es por eso que el individuo más insospechado es siempre el más válido, aquel que, callando, consigue que todos intuyamos por qué nos incomoda el verdadero silencio.