Me di cuenta de que había estado sumido en una profunda
depresión mucho tiempo después de recuperarme de ella. Como cuando voy
conduciendo y veo un banco de niebla unos metros por delante de mí y sigo
avanzando y al rato me doy cuenta de que puedo ver con claridad de nuevo, y me
pregunto qué habrá sido de ese aire espeso hasta que, al salir y mirar por el
retrovisor, lo descubro a mis espaldas. Pues yo me descubrí a mí mismo habiendo sido víctima de un
simple trastorno del estado de ánimo. Había sido una persona entre millones con
cuadro depresivo.
Volviendo la vista
atrás, y recordando todos esos pensamientos espesos que me
habían poseído durante tantos años, me di cuenta de que todo tenía que ver
con lo que se enunciaba en las listas de síntomas propios de un transtorno
semejante. Y de repente empecé a entender que la ciencia pesaba más, y que
había más cabezas pensantes además de la mía. Y eso fue lo más doloroso de
todo. Pensar en alguien parecido a mí, y decirle en voz alta para aclararme yo:
«Tú y yo somos inteligentes, ¿por qué no iban a serlo los demás?» Y es
que es tan penoso ser consciente de que estoy
escribiendo que no puedo sino pasarlo por alto poniendo un punto y final.