Nuestras almas siempre han convivido en silencio.
Hemos permanecido alejados los unos de los otros,
como queriéndonos juntar por incomprensión.
Lo que se comprende es porque desconoce del alma.
Hemos callado siempre las cosas más profundas,
y de lo que sentimos nunca se pudo hablar,
ya que, si se pudo, verdaderamente no se sentía.
Enterramos luces, sueños y horrores en la sombra
y al limpiar nuestras uñas en la espuma del río,
esperamos la voz de algo que ni sabemos que es.
Hemos fingido ser muy diferentes a como somos,
guardándonos celosamente nuestra vulnerabilidad.
No nos hemos mostrado, porque no podíamos,
no nos hemos compartido, porque no sabíamos,
aunque hemos intentado jugar a intentar hacerlo.
¿Cómo comprender algo tan difícil como este mar
en el que cada una de sus gotas somos diferentes?
Si somos el mar nos olvidamos, y si somos nosotros,
pues olvidamos el mar. Todo se mezcla tanto...
Nunca entendimos muy bien de que iba todo esto.
Por eso tendimos nuestro cuerpo en la piedra fría,
y tumbados como corderos blancos sin pelo,
animales débiles, extraños y civilizados,
nos sacrificamos uno tras otro
lanzando las almas al cielo.
Allan