Él puso un mundo en mis manos.
Un hombre anciano, enjuto, achacado,
con la curva de la muerte en su espalda
con paz se me acercó. Y con añoranza,
como el que regala un trozo del alma,
él puso un mundo en mis manos.
Sonreí. Era una bola de cristal.
Y aún a pesar de su ligero peso,
era algo más grande de lo habitual.
Yo la agité, recordando mi infancia,
y al hacerlo se desvaneció toda realidad.
Los oceanos eran de leche y los botes dorados.
Eran botes bellos, formados de nuez y anacardo,
sus velas eran siniestras, con coloridas banderas,
coronadas mágicamente con luciérnagas y florestas.
Yo viajaba en uno de ellos. Vislumbramos tierra.
Entre mi tripulación había todo tipo de raros seres.
Había piratas de madera, hombres-rata con chistera,
saltamontes ingleses, centauros, soldados de juguete,
niños sin piernas que rodaban, cocineros franceses...
Todos estos y muchos más desembarcando en tierra,
un extraño y maravilloso pueblo: "Villa Poniente"
Miles, miles y miles de casitas de cascara de cacahuete,
levantadas entre algodonales, sauces, arroyos y fresales
con sus cálidas ventanitas, sus chimeneas humeantes,
y las diminutas personitas en el transcurrir de su vida.
Y ojos, empedrados, por todas partes, colinas y valles,
ojos ojos ojos ojos ojos ojos ojos ojos ojos a mares.
Me dispuse a entrar en una de esas curiosas casitas,
y al entrar, me encontré en la cocina con mi madre.
¿Ana? Hija ¿Que haces? ¡Tienes la mirada perdida!
¿Qué haces observando todo el rato esos cereales?
Removí la cuchara, destrocé Villa Poniente y su vida.
Entonces lo vi. Esta noche volverá el olor a sangre.
"Nada mamá estaba pensando, eso es todo"
Ana.