Después de tantas idas y venidas a lo largo de mi vida, cómo olvidar
aquellos años de severa reclusión.
Vienen a mi mente imágenes, palabras,
incluso gestos de Domeníco.
Es lógico
que sean suyos la mayoría de los recuerdos de esa época en Italia, pues era él
quien fomento mi afán por liberar mi alma de los tormentos a los que nos vimos
expuestos – el oro, las mujeres, las drogas – todos ellos llegados a nosotros
mediante una fuente divina que decidió que debíamos ser los premiados con las
vaginas Fontani, las mas caras y reputadas del reino de Módena.
Este
camino de infortunios comenzó una espléndida noche primaveral, cuando decidí
pasear mis huesos empapados de alcohol por la rivera del río Fue ahí donde por
fortuna o desdicha me tope con dos hermosisimas damas y un perfecto galán,
inmersos en tremendo júbilo, celebrando lo que bien podría haber sido el final
de los tiempos. Una vez fui alcanzado por la mirada de una de ellas, esta creo
en mi la inevitable necesidad de acercarme. Sin la mas mínima atención por parte
de los otros dos, la jóven me agarro del brazo y comencé a danzar con ella. Horas mas tarde me vi recostado en un sofá de
terciopelo, con Domeníco a mi vera y las mujeres, ebrias, deshaciéndose de sus
ropajes frente a nosotros.
Resultaron ser madre e hija, algo impensable a primera vista, pues mas bien parecían hermanas, o amigas.
En fin,
la noche trascurrió de la única manera pensable por la perversa mente del
hombre, y para mi sorpresa, este acto se convirtió en algo rutinario, casi
diario.
Llego
el punto en que Domeníco y yo permanecíamos en la residencia de las Fontani, no
como esposos o amantes, sino mas bien como parte de la decoración A pesar de
ser concebidos como mobiliario, eramos sillas afortunadas. Gozábamos de acceso
a todo cuanto nuestra mente pedía Fue ahí cuando Domenico y yo comenzamos a
conocernos.
Él era
un hombre formidable, de un aspecto físico magnético y cordial a la par. Era
escritor aunque nunca fue reconocido en su tierra. Original del sur de Italia,
Domenico me enseñó mas que cualquier otra fuente de información de la época, de él aprendí todo cuando quería o debía aprender.
Recuerdo
con claridad una noche en la que ambos salimos en busca de nuevas joyas a las
que cortejar, usar y posteriormente despechar, uno de nuestros principales
entretenimientos.
Esa
noche fue distinta. Conocimos a tres muchachas de aspecto desaguisado en un
antro de las afueras. Jamas habíamos tenido la oportunidad de juguetear con
semejantes diosas terrenales. Tras varias horas, Domenico desapareció con dos
de las jóvenes y yo regrese con mi
tercio del pastel a mi posición de silla.
A la
mañana siguiente, sigilosamente, esta mujer se marcho, y yo quede repostado en
la cama, a la espera de Domenico, pero nunca mas volvió a aparecer.
Descubrí,
al tiempo, una carta de mi amigo. En ella redactaba una provisional despedida,
marcada por ilusiones y fantasías propias del señor Vialtari.
A raíz de ahí, mi reclusión con las Fontani termino. Tras leer su carta, Carl desapareció de la vida de su Fontani y su furcia madre.
Carl.
Carl.