Alba tenía un alma clara.
Tocó una nota en su flauta,
la nota cayó, alteró el curso del agua,
y en el surco de sus ondas nació un sueño.
El resplandor del agua se tornó infinito
y de su aura brotó un reino de nácar.
¡Semejante mundo brotando
de las aguas viejas y sombrías!
El tiempo dejó de hacer su labor,
la luz tomo su lugar, a bocanadas.
Pronto la Reina se colocaba la corona,
una corona de perla, cristal y sangre blanca,
y en sus ojos una llama temblorosa y pálida
indicante de la tristeza que titila en la humanidad.
Alba escucho pronto la llamada.
Cuando el bardo señaló a las estrellas,
estas abrieron su alma como flores a los ojos,
y en el cielo vislumbró el destino del destino,
la historia que entreteje todas las historias.
Entonces el águila nocturna bajó, y en silencio,
solemne, posó un Rubí en sus pálidas manos.
Alba comprendió que aquello era incomprensible.
El rubí ardía. Contenía poder. Una emoción de miles.
Entonces en la mente se expandió una oleada de sombras
siendo entendido que el mundo era azotado por fuerzas
siendo mostrado el manantial de sangre que forman los rostros
siendo vertido al gran agujero al que se mueven por inercia
los destellos del pensamiento. Pensó que de nada servía pensar.
Y después resonaron las palabras: "¿Soy yo mi mente?
Alba miró sus pies y vio como estos se deshacían en la luz.
Ella siempre lo intuyó, ahora tan solo era capaz de comprobarlo.
Así que tomó la flauta, y todas esas músicas que había soñado,
comenzó a ejecutarlas una a una, con una asombrosa facilidad.
Los bosques cobraron más conciencia ascendiendo en la espiral
por la que trepaban las melodías hacia el fondo eterno del cielo.
Se acercó entonces un hombre llorando. Narcotizado.
Su fragancia de niña, la dulce música, el brillo de su pálida piel...
El hombre narcotizado, vestido de funcionario, se acercaba llorando.
Se acerco hasta rozar su frágil espalda y la quebró la cabeza con una piedra.
Alba cayó muerta al suelo y su sangré corrió por el río de oscura plata.
El hombre escupió, se enjuagó las lágrimas, y preparó su mejor sonrisa,
había quedado con unos clientes a las cuatro en el Starbucks.
Belvedere Rebis Re