Sara San Sa nació del agua. Cuando su pálido cuerpecito brotó de las espumas sonrientes ella ya conocía su destino. Había sido elegida para mantener el funcionamiento del universo. Y así nació en tierras desconocidas a los hombres, limpia de deseo, otorgada con el don de la vida eterna. Su trabajo consistía tan solo en tirar piedras al arroyo, de manera en que las ondas del agua siempre estuvieran en movimiento. La Madre dejó un único mensaje para ella: "Haz que las cosas ocurran como deben ocurrir". Ella no entendía estas palabras muy bien, pero el trabajo era fácil, y dado que por allí cerca no había gentes que se preguntara cosas, ella no se tuvo que preguntar nada.
Así que Sara San Sa ejerció su trabajo durante miles y miles de eras. Y aunque ella supiera que esto le hubiera parecido aburrido a cualquier hombre corriente, y lo sabía porque ella creaba los pensamientos de la humanidad, nunca le preocupó mucho ya que para quién tiene una vida eterna el tiempo es insignificante. Tiró otra piedra y en la onda vio la respuesta a todos los universos. Soltó una pequeña y dulce carcajada por la angustia del hombre ante la falta de respuestas, y, conociendo la respuesta, pensó ella que tener la respuesta es lo mismo que no tenerla. Pero entonces algo llamó su atención, ¡Nunca nada llamaba su atención! Era un silbido muy gracioso, y se acercaba cada vez más.
El silbido provenía de un bardo, tenía la piel amarillenta y una túnica verde. Se asemejaba a una serpiente. Iba rodeado de un aura de agua oscura, salamandras de cristal azul y luciérnagas celestes. Abrió la boca y dijo con mil voces simultáneas:
-"Hola Sara San Sa".