Se necesita muchísimo espacio; reducir drásticamente el contacto con los hombres. Que las relaciones no se establezcan, que no haya lazos que nos aten al drama cotidiano. Cohabitar con uno mismo, a solas, sumido en la incomprensión, en la lejanía, en el seno de todas las noches estrelladas. Fabriquemos la incomprensión como escudo, la indiferencia como máscara, y la vulnerabilidad como modo de vida. Porque las sensaciones no brillan si la piel no esta desnuda. Vivir a carne cruda, sangrando. Y regocijarnos en nuestras lagrimas, agradecidos por los horrorosos golpes de los cielos, abriendo nuestros cerebros como cuencos al flujo del espacio para la experiencia de la Creación.
Se necesita cantar. Cantar todo el rato. Cantar, pero a solas, al universo, a los campos, a los ríos que ríen, pero lejos de los hombres. Que de tu guitarra salgan auroras, lejanías destinadas al olvido. Que de tus labios salga viento, suave brisa de silencio, implacable pero invisible. Que del movimiento de tus dedos salgan corolas de agua, contagiando a todo el entorno con la paz. Y que tus ojos no digan nada. Que sean sombra manchada de esperanza, astros por descubrir. Ojos de loco, como el que escapa de su propia pesadilla. ¡Habéis visto el miedo en los ojos de los santos! Las pálidas nadas de los ángeles fantasiosos, que son seres perfectos por no haberlos conocido y tener un recuerdo de ellos, una sensación terrible, y una intuición de los secretos de la ensoñación. ¡Divago! De verdad, divago, y nada digo ni hago,,,porque de nada sirve hacer, ni decir.