3 de enero de 2013

Los Gatos

Somos tres, para algunos un número maldito. Sin embargo, y pese a nuestra breve edad, somos semi-dioses. En primer lugar somos animales, salimos a cazar algunas noches, nos gusta el buen comer y el beber abundante, dormir es un bocado del cielo, que sabemos apreciar en igual medida como sabemos de su valor, por eso cuando estamos despiertos, buscamos el sueño. Luego somos humanos. Con nuestras cosas, nuestro lado negro y triste, como niños abandonados bajo la lluvia, a los que se les ha prohibido el derecho a compartir el juego con los demás niños. Pero es gracias a esa sensibilidad, ese sentir en cada gramo de nuestro cuerpo cualquier sensación, como si fuese propia, lo que nos ha permitido llegar a ver un par de cosas más que el común de las personas, por lo general, demasiado ciegas. El amor, por ejemplo. Las estrellas. Nosotros mismos. Somos conscientes de la luz que reside en todas las cosas, desde el infinito hasta nuestros ojos. Desde la piedra al río. Y esa consciencia es la que nos permite sabernos inmortales más allá de nuestro propio cuerpo. Y la que nos hace adorar cada segundo de vida, como si fuera el último. 

Chumi, ese genio. Sabe sin saberlo que vive en la generación que cambiará el mundo, e inconscientemente transforma su magia en realidad para sembrarlo de belleza. A ese mundo futuro que está empezando, donde miraremos hacia dentro en vez de hacia fuera, y su música nos ayudará a hacer más placentero el camino. Sus poemas nos explicarán qué rutas conducen a la sabiduría, a la paz interior, pese a que él nunca lo reconozca y sufra el camino hacia la nada, la paz absoluta, como todo gran creador. 


Adrián, el eterno niño, el eterno sabio. Con el don de ser todos y el castigo de no sentirse ninguno. Esa juventud sufrida, absorbiendo conocimiento en dósis elevadas por segundo. Esa vejez tranquila, en la que comparte con su infinita generosidad cuánto ha ido recogiendo, para iluminar al mundo hacia un conocimiento superior, tan adentro de la propia persona, que alcanza lo que está más lejos. Refleja la luz de las estrellas, pues sabe que en él reside la misma luz, y sin cortar ningún camino, ofrece lo que está escrito en el cielo, para con ello salvar la conciencia de los humanos perdidos.

Somos los gatos, somos tres. Hemos venido a hacer algo magnífico. Mientras averiguamos qué, os invitamos a beber con nosotros por las calles de Madrid, charlando sobre la grandeza de todo y riendo por lo genial de lo absurdo.