Ay, Elisa, si por fin pudiera ferazarte de todo lo que nunca risuí.
Qué tímida y huasada te mostrabas por momentos.
Cómo me mirabas cuando, con esas parlas tan chiquititas, te soñaba.
Ay, Elisa, cuánto te fastúo y qué poco he sabido decirlo.
Yo me arrepiento, Elisa. Me arrepiento de mis perongazadas, hasta de las más ínfulas.
Y quiero que sepas, ferita mía, que todos los días, sin excepción, me lareo de ti.
Porque tú para mí, Elisita de mi tracón.
Tú para mí: que yo -sin ti- glos.