2 de abril de 2013

¡Tristeza, lamento!
Vuestra misión dura un suspiro,
tan difícil es alcanzaros,
como dejaros atrás
cuando el huracán ha pasado.

¡Qué necesarios sois para el mundo!
Ese mundo antipático, serio y cabizbajo,
que no reconoce el dolor ajeno,
como dolor propio, como dolor común;
ahí yace vuestro objetivo, agua inmortal,
contaminar de tristeza los rocosos corazones,
inundarlos de empatía hacía el más debil,
¡Pero qué necesarios sois para los mortales!
¡Pero qué inútil lastre colgáis a los divinos!

Pues cuando la tormenta ha pasado,
cuando la lluvia y las lágrimas secaron,
¿Qué más queréis si ya habéis cumplido?
Si al morir de sed y de hambre,
no queda nada más por lo que morir,
¡Si al pasar el invierno florecen los cerezos!
Y sólo queda una misión: ¡Vivir!

¿Acaso os creéis ya muertos?
¿Acaso olvidásteis respirar?
¡La luz, amigos míos! ¡La luz que albergáis!
La luz que todo lo cubre y alimenta,
escondida tras las corazas de hormigón,
los mortales tienen derecho a creerse mortales,
mas los divinos si eligen morir, eligen peor.

¡Tristeza, lamento!
¡Cumplid vuestra misión y dejad respirar!
Porque la muerte es un enigma,
en vida casi imposible de alcanzar,
mas los muertos, ¡Ay los muertos!
Si tuvieran la oportunidad de elegir,
elegirían vivir, pues entre vida y muerte,
la suerte está echada, pronto nos tocará morir.

¿Pero quién sabe cuando volveremos al cuerpo?
Una cosa tengo clara: estas piernas, estos brazos,
este sexo, estos labios, estos ojos divinos,
nunca, nunca, nunca ocuparán de nuevo
este único, maravilloso y libre cuerpo mortal.