Me miro al espejo pensando en que sólo hablamos de lo que no entendemos. En cómo de lo que sabemos, callamos; precisa y solamente por eso. En cómo nuestra existencia está conformada por pequeños huecos, huecos de vacío unidos por las extremidades, en que volcamos nuestro esfuerzo y toda la pasión. Y sólo desistimos cuando, de viejos, nos damos cuenta de que la única manera de vivir dignamente es, siguiendo el ejemplo de Hans Castorp, acostumbrándonos a no acostumbrarnos, aceptando que es aún más misteriosa la vida en cuanto que no contiene misterio alguno. Por aquello de lo que entendemos y de lo que jamás hablamos por darlo por entendido, nos arrojamos al sinsentido de lo que no es dable de sentido. ¡Cuánto he odiado los tópicos por considerarlos superficiales y, en cambio, pensar ahora que en ellos se contienen las claves para la ausencia de respuesta! Le doy la espalda al espejo y pienso que el cine es una farsa, un arte imperfecto por ser excesivamente explícito.