Tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta.
Más, más, más,
me pide el tedio sin pausa,
la luz de la mañana a las dos,
el martillo en la cabeza,
tac, tac.
Paseo, el mar que antes era plano,
el transeunte que hace preguntas,
el olor a caracoles en salsa,
que sabe a todo y todo sabe a él.
La orquesta toca su juego,
la sala vacía, el vaso vacío,
alcohol, alcohol,
me clama una voz en mi cabeza,
tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta.
Una, dos, tres, siete,
los papeles sin más uso,
que evaporarse lo antes posible,
las muchachas llegan,
la música que se repite, y sólo las luces,
en paralela armonía me alimentan los ojos.
La música que se repite,
pam, pam, pam, pam,
el vaso que se vacía,
el vaso que se llena,
el vaso que ya no es vaso,
sino refugio.
Una, dos, tres, cuatro,
el tiempo que olvida su paso,
mi cabeza que cae,
la bebida que pesa,
y uno, dos, tres, cuatro,
Amal camina hacia su refugio,
al final de la sala decrépita,
dónde suena pum, pum, pum.
Silencio, el ruido cesa,
las demás chicas desaparecen,
los camareros y marinos,
los viejos, los jóvenes y los casados,
todos callan.
Amal sonríe,
habla delicado francés,
entre pum y pum,
el ruido le molesta,
dice que sigamos fuera.
Silencio,
Amal abre la puerta,
las mujeres en polvos salen del baño,
los casados entran,
salimos al aire,
fumamos, reímos, respiro,
apoyado sobre la pared,
escondido ante deslumbrante luz
en un sitio tan lúgubre.
Pam, pam, pam,
caminamos en silencio,
la noche acecha un posible error,
el portero reclama su parte,
el refugio del ascensor,
la calle fría, la gente fría,
nosotros,
con la temperatura aldente,
y el misterio sobre la piel.
Hablamos, Amal me asombra,
no es así cómo me habían contado,
yo balbuceo palabras en francés,
ella ríe, me mira a los labios,
hablas de sus estudios,
de la presencia del mal y del bien,
de la dureza del mundo,
de su optimismo.
Y Amal ya no es de pago,
cuándo le pido un beso,
y me lo entrega con gusto.
El silencio en la ciudad del caos,
la bruma del mar entre tierras,
las gaviotas, los consejeros,
todos fuera,
mientras Amal gime endemoniada.
Oui, oui, oui,
su mirada en mis retinas,
el olor a carne y canibalismo,
su piel de seda,
sus ojos, sus milenarios diamantes,
entre pestañas de negro carbón.
Oui, oui,
la noche pesa y el alcohol,
pero el cuerpo sigue,
y el banquete sigue,
entre las pausas de ternura
y las miradas clavadas.
Tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta sin piedad,
el amanecer de las dos de la tarde,
la hora abitual y la habitual jaqueca,
pero nada importa,
ni el tac, tac, tac,
porque Amal duerme a mi lado,
acurrucada en mis brazos,
siempre sobre su fina piel,
tiembla, sueña,
me agarra con fuerza,
tac, tac, nada importa.
Oui, oui, oui, repite la mañana,
mientras hacemos competencia a los martillos,
y nos besamos de nuevo,
y nos abrazamos con fuerza,
y nos miramos sin tiempo,
repetidas veces.
Tac, tac, tac, tac,
Amal se marchó y el martillo no,
la ciudad del caos estalla,
el sol, la brisa, el mar.
Amal se llevó el dinero,
mi corazón no, sigue helado,
pero con parte del suyo,
me recordó que ahí sigue,
y el martillo dejó de sonar.