Ahí va el hombre moderno, sabe cocinar y recoge a los niños del colegio. Ahí va la mujer moderna, sale de la oficina y pasa por el bar a tomar un gin-tonic. Ahí van todos los demás, los hombres que se creen más que las mujeres, y las mujeres que se creen menos que los hombres; ahí van, todos juntos en el mismo barco camino a la extinción.
Imagina que tienes una mesa vieja y la acabas de subir por un montón de escaleras a tu nuevo apartamento. Imagina que después de eso vas a recoger a tu compañero de piso y sus muebles, y encuentras que tiene una mesa nueva de la que no conocías la existencia. Puedes lamentarte por haber subido ya la mesa vieja y tener que volver a bajarla, o puedes alegrarte por tener una mesa nueva y poder deshacerte de la vieja que ya no te gustaba. Las circunstancias no varían, sin embargo, en el criterio de las distintas personas, se puede hallar sobre un mismo hecho, tanto motivos para el lamento, como para la sonrisa.