6 de marzo de 2014

Hoy los hijos de Leopoldo hemos bebido,
él le dio a la leche, después a la coca-cola,
después murió solo.

Antes de todo eso, decidió acortar sus días
con heroína,
entonces todos le señalaron y le anunciaron un pronto adios,
tardío resultó para ellos, incluso para sus propios hermanos,
para mí, en cambio, resultó demasiado raudo,
sin esperar si quiera a compartir un silencio.

Antes de la heroína, Leopoldo probó la grifa,
y su madré le mandó al manicomnio,
atormentada y atadas sus vísceras,
por un poeta de pega condescendiente con el que oscila el poder,
de padre cobarde y ausente, y madre cobarde y fuerte,
como los que gritaban en mi infancia.

Y ahí estaba mi hermano Leopoldo,
géminis hasta perder el sentido,
agonizando por el dolor del mundo,
demasiado cuerdo,
demasiado sensible.

Y ahí estaba él, simplemente observando,
dejando que la erosión y el desgaste,
o la tragedia y la culpa,
absorbieran su abatida consciencia;
y su inteligente instinto,
hasta en la más decadente de las miradas,
o el más triste abandono,
donde sólo él, desde Fernando,
encontró la verdadera compañía:
la de uno solo.