Pocas cosas me enfurecen más que la sonrisa del orgullo de los hombres con los que, a veces, convivo. Son esas sonrisas de dientes satisfechos, limpias, civilizadas, que visten una gran pequeñez de espíritu, que mienten y que, con el brillo de sus vanidosas dentaduras, desvían la atención del ignorado terror que encubre su cuerpo de lengua para dentro. Son sonrisas educadas, amaestradas para el engaño, adiestradas para el ataque, para colocar a su portador en el falso pedestal al que a pocos miente.
Hoy he sido sonreído así, con violencia, dejando que otro se afirmara sobre mi persona, y yo, que siempre devuelvo la sonrisa, que nunca falto a la gratitud de un amanecer, he proseguido mi camino a casa, pisado, anochecido, y sin poder sonreír.
Manuel León.