No se quién soy.
Tampoco quiero saberlo.
Tan solo se que me asemejo al cielo.
Yo, como él, nunca permanezco.
Siempre soy uno y siempre miles.
Y entre esos miles que (no) soy,
ni uno solo es igual.
Se que la palabra Cielo
no abarca lo que es el Cielo,
igual que mi Nombre
no abarca mi Ser.
Se que, como a mí,
al cielo no se le puede retratar,
ni catalogar, abarcar,
ni siquiera definir.
Por eso ignoro cuanto dicen de mí,
porque yo ni a mí me comprendo.
La diferencia entre yo y el Cielo
es que él es verdadero, sin cuerpo,
tan solo tiene el lado real,
como el sueño.
Yo tengo un rostro.
Una forma que me guarda.
Una vana carcasa que cierra
lo que no se puede cerrar.
Por eso, con la humanidad,
no creo en lo que veo.