Vence quién sabe que no hay vencedor alguno.
Por esa razón se vuelve invencible.
A este las cosas del mundo no le hacen bien,
pero tampoco mal. Porque conoce la Irrelevancia.
No teme a la muerte. Es más, la aguarda ansiadamente.
Porque sabe que es la razón por la que se vive.
Así vive sin miedo. Desapegado pero compasivo,
frío pero tierno, ausente pero conviviendo con altruismo.
Conoce la raíz intima de si mismo. Por eso es imperturbable.
Ignora tanto la sonrisa como el insulto, pero es ecuánime.