18 de octubre de 2012

Cartas a Olivia Pazos - X -

Calles vacías. Un país extranjero con sus farolas calladas. Observan, discuten en silencio. Perdieron el don de escandalizarse, pero siguen juzgando. Nosotros caminamos, verticalmente, siguiendo el compás que marcan las baldosas en ayuno. La hierba crece muerta a ambos lados. Al final, el perdón.

Tu abrigo marrón te protege del frío y de mis manos. Mis manos, me protegen de ti. Mi conciencia, se arrastra moribunda por la estación de Callao, llorando jazz. Nosotros, pedimos un café. La camarera sonríe, como si fuese capaz de calcular las gotas de veneno que vertió sobre las tazas. El amarillo resucita entre los dedos como prueba del tiempo. El tiempo no pasa, se distrae. Tus ojos me miran, yo me hundo. Entonces acaricias mi barba, recordándome que el mundo llegó a albergar calor. Pedimos la cuenta y tú pagas. El único papel de valor que alguna vez tuve, lo arrojé a la hoguera con mis poemas. Mis poemas estallaron, justo en el preciso instante en el que las nubes dejaron paso a las estrellas, y pude ver en el cielo oscuro, pequeños rayos de luz. Por todos los rincones, empezaron a elevarse con olor a pólvora, fuegos artificiales de un mismo color. El tráfico seguía lento, y las señales luminosas ralentizaron el ruido de los caminantes de Macondo.

Volvemos a las calles vacías, esta vez, menos silenciosas. Entonces gimes. Y como efecto inmediato, mis manos se adentran bajo tu abrigo marrón. Te acaricio la piel sin darme una tregua. Me pierdo. Encuentro el camino que me lleva al Sur y rebusco por el vértice donde crece el vello, entre tu ombligo y la nada. Entonces gimes. Y como un acto reflejo, se acerca el tiempo y nado ahogado. Me hundo. Las farolas iluminan mi caída en un acto grotesco. Me despido. La noche cae y el día empieza otra vez.


Hugo Vidal