Esta tarde, mientras paseaba,
me encontré con un niño inmóvil,
erguido firmemente sobre el suelo,
con la frente alta, entre dos sombras.
¿Qué haces ahí parado?,
le pregunté.
Nada, estoy siendo,
contestó el niño.
No podía entenderlo,
debía ir hacia alguna parte,
o estar esperando a alguien,
era inconcebible su desgana
por realizar acción alguna.
El niño cerraba los ojos,
con las brazos caídos,
sin mover un músculo.
¿Qué fin tiene lo que haces?
No busco ningún fin,
respondió como callado.
¿Qué encuentras tan entretenido?
El sol directo en mi piel,
el rozar del viento,
y su silbido.
¿Pero no tienes nada que hacer?,
pregunté buscando una lógica.
Lo que tengo que hacer,
contestó el niño,
es no hacer nada.
Seguí paseando en la misma dirección,
pero a los pocos pasos,
olvidé hacia donde iba.
David Veloso.