9 de octubre de 2012

insomnio

Me gusta el arte porque es el sitio en el que puedo vivir la vida que no tengo. Aquí mi madre coloca a espaldas cansadas la compra del lunes, quebrada de amor, allá las naranjas que coloca se iluminan amaneciendo la cocina de brillos mandarina. Y eclosiona toda su alma por entre las tacitas viejas y la madera ajada, por entre la cubertería destellante, los paños tristes, los haces de luz, llenando de perlasanta y aliento la estancia como si un llanto de dulzura bañara la cocina irreal. Y yo me enternezco. Aquí esquivo la mirada, allá la miro, la tristeza insondable, el secreto del agua, pecera en la que se estanca un sufrimiento inalcanzable, un alarido, un horror, una locura facil de comprender(me).
¿Su marido? Lejos. Como si sus manos no la pudiesen tocar... Aunque ella no merece ser tocada. Ella merece más. A veces imagino, cuando suspira, que se va en suspiro, se vuelve leve, asciende, trepa hiedra a luz madreperla, se pierde, se vuelve niebla, y llega a donde pertenece: Misericordia eterna. Entonces abre las manos, ella, infinita, y vuelca la ternura sobre las cabezas de los que la necesitan.
Antes me arropaba; luego la dije que lo dejara de hacer. ¡Triste! Quedé muerto cuando se apago la voz. La vela ceso. Cenizamanzana. Si, quede muerto, yo ya no era mas. ¡Triste! Y ella quedó pobre y violeta, en silencio, como quien espera, cuando vio que mis ojos se habían llenado de abismo.