Fue una noche absolutamente incoherente.
Salí de mi casa sobre las 23:15, con un porcentaje elevado de alcohol en sangre. Cuatro vasos de ron y un trago de absenta austriaca, la rutina de los jueves.
Camine calle abajo como cualquier otro día en que pensaba dirigirme al centro, la zona de mayor movimiento nocturno. La noche era clara y estrellada, con la notable ausencia de la luna. Soplaba un viento muy leve, casi como una suave caricia al caminar.
Me detuve a ofrecerle mi encendedor a una señora que se limito a bajar la cabeza y continuar.
Llevaba algo mas de dos meses en la bota, mi cuenta de mujeres estaba algo parada, nada que ver con mi poligámico historial de Bristol.
Al llegar al ajetreo y al ruido del centro me decidí por un bar un tanto pintoresco, con una sobria luz gris atravesando su ventanal. El ambiente era aburrido, era un lugar de encuentro para la aristocracia de la ciudad.
Apoyé mi cuerpo sobre la barra, ordené el que sería el quinto vaso de ron y me dispuse a beberlo cuando un golpe me detuvo y derramó el liquido sobre mi pecho. Inmediatamente me gire y vi a un hombre alto, fornido, envuelto en una gabardina, con aspecto descuidado. Claramente el hombre no frecuentaba el lugar, y tras el revuelo que supuso nuestro incidente, fue ligeramente conducido hasta la salida por dos amables caballeros que ejercían su profesión.
Decidí salir al segundo, encendí un cigarrillo y me dispuse a seguir los pasos de aquel hombre. En el camino tuve que esquivar dos prostitutas que eran perseguidas por un pobre salido, tratando de mantener mi vista en el hombre, que avanzaba con agilidad entre los tortuosos callejones. Cuando la persecución perdió todo mi interés, el hombre se detuvo frente a lo que parecía un jardín abandonado, se volteó, clavó su mirada en mi, y dijo:
- Si has llegado hasta aquí, dudo que obvies mi invitación.
Se adentró en el jardín, y mi mente decidió actuar por sí sola, llevando mis pies hacia el interior.
Para mi sorpresa, el aspecto de abandono no era mas que una coraza, una cubierta con el único motivo de evitar la entrada de indeseables. Tras un bellísimo abanico de colores vivos y radiantes, fruto de unas plantas maravillosamente cuidadas, se encontraba una pequeña construcción, hecha de madera, un lugar idílico en medio de la decadencia de la ciudad.
El caballero abrió la puerta y me hizo un gesto con el brazo en señal de bienvenida.