31 de octubre de 2012

Tinta desde Fontani II

El recibidor de madera, acorde con el resto de la estructura. Un pequeño recipiente a la derecha, en el rutinario lugar del porta paraguas, lleno de cigarrillos de hachís y caramelos coloridos. El juego de colores entre los distintos tipos de madera era de una precisión digna del genuino Eugène Delacroix. Los seis primeros pasos en la vivienda fueron poco comunes, pero el tema comenzó a distorsionarse cuando el caballero se deshizo de su gabardina, alargo el brazo y dijo:
- Mi nombre es Alfonso, disculpa el pequeño incidente y siéntete como en tu propia casa.
Le mire agradecido, colgué mi abrigo y seguidamente el sombrero, me presenté, y él me invitó al interior de la casa.
Una vez en el salón, amueblado de forma poco convencional, con una mesa fabricada a partir de dos antiguas cajas de vino y un delicado cristal opaco. Lamparas sujetas mediante poleas y cargadas con grandes velas que desvelaban un verdadera obra de arte al derramar su cera sobre una superficie transparente, unido a la preciosa vista del cuidado jardín. Alfonso me ofreció algo de beber y apareció con dos copas de whisky, probablemente el mejor que haya probado hasta la fecha.
Me preguntó por mi; cual era mi profesión, mi ciudad natal, etc, y cuando le dispuse las preguntas a la inversa, se mantuvo callado y cambio de tema. No fue eso lo que más me impacto, sino el tema en cuestión:
El extraño supuesto artista del bar me contó una historia sobre una antigua poblacion Mexicana, se centro en una serie de rituales que llevaban a cabo para purificar el alma y limpiar el cuerpo de impurezas. Tal fue el relato que quede atónito, casi congelado e intrigado a la vez.
Se retiro por un instante y apareció con un par de cuencos llenos de una sustancia marrón y maloliente.
Alfonso se dirigió hacia mi con uno de los cuencos y me dijo:
- Vivimos en un mundo en absoluta decadencia. El ser humano está llevando la ingenuidad hasta límites sospechados por grandes pensadores. Cualquier acto de sabiduría o muestra de cultura es brutalmente menospreciado y eludido por la gente. Es por ello que fui a México, a "sanarme", y ahora amigo mio, es tu turno también.
Sostuve el cuenco con cuidado, Alfonso se sentó con el suyo en el regazo y bebimos lentamente, tal y como había descrito en el relato.
El sabor era inconcebible, y escindió en no comer ni beber nada más durante el "proceso".
Tras fumar uno de aquellos cigarrillos de la entrada y charlar sobre la magnitud y complejidad de las grandes obras egipcias, el desagradable jugo marrón comenzó a dejarse notar en nosotros. Trataba de apreciar los vivos colores de la madera, la curiosidad de la cera derretida, la luz de la noche sobre las hojas del jardín, pero era inútil, mi mente estaba inmersa en otra dimensión, en otro mundo, en otra vida.
No recuerdo muy bien el tiempo que pasó desde aquello, tampoco el tiempo que estuve en la casa, pero si recuerdo con claridad amanecer solo en el suelo del jardín.