4 de enero de 2013

¡Apestamos a nuestro propio drama! 
Lo llevamos impreso en nuestra manera de actuar, de hablar, de desarrollarnos ante el mundo, cuelga nuestra tragedia del cuerpo como carteles de cartón barato que anuncian lo más ridículo de nuestro ser.  Creemos que engañamos, pero ni a nosotros mismos, y mientras evadimos la mirada del espejo, jugamos a los malabares como el mago que es triste de lo mal mago que es.