17 de enero de 2013

Fue entonces cuando el flautista dejó de tocar, posó su flauta, y tras humedecerse las manos en el agua cristalina arrancó una margarita de la brillante pradera. Se acercó a Alejandra, vestida de oro y de blanco, tomó sus pálidas manos, las abrió, y posó con infinito cuidado la margarita, que para el asombro de los dos, se convirtió en una resplandeciente estrella. La estrella comenzó a vibrar, a tomar más luz, y cuando se puso muy caliente les disparó a los dos en un viaje hacia los cielos, guiados por un hilo de luz plata. Habiendo superado ya las fronteras del tiempo y el espacio tan solo les quedó mirarse a los ojos, sintiendo, comprendiendo ambos el poder mágico del amor. Y Mientras ellos brillaban en el cielo, abajo, en la tierra, una pobrecita solitaria pedía un deseo, y se sonreía, se sonreía...