17 de enero de 2013

No hay dolor más fuerte, condena más desgarradora, que la del hombre que no se puede amar a sí mismo. Pues, contrariamente a como se cree, su odio por su ser es tan fuerte que no le queda más remedio que amar con gran emoción a todo lo que no es él. Y cuando ama, normalmente a escondidas para que el amor no le sea devuelto, a veces sucede que a lo que él ama le intenta corresponder con amor hacía su ser, y él, ciego en la convicción de que no lo merece, absorto en la incomprensión de que alguien ame algo a lo que él tiene tanta repulsión, rechaza del amor, niega lo innegable, y dibuja una lágrima oscura en la mejilla más tierna. Y este mal, este dolor que causa, desata la culpa, la cólera, la desolación, y el hombre, impotentemente, levanta la súplica al cielo mientras se clava un crisantemo en el pecho. Así el grito del terror a sí mismo resuena cada vez con más fuerza empozando de niebla las noches más largas, húmedas del aliento de los desesperados, y él, mientras entona el cántico fatal, clama por que nadie lo escuche, porque quién llegue a atenderle no será sino una víctima más de su seco corazón.