17 de enero de 2013

Perdí la vida por buscar el ángel. Miré las estrellas, y por mi frente pasó el destino, pero no era para mí, porque la tierra quedaba lejos, porque mis ojos cegaban con la luz terrible del cielo. Cuando me hablaban las gentes, escuchaba el misterio en ellas, y al preguntarme por el por qué de las palabras olvidé las palabras en sí, viendo sombra donde debía ver corazón. Los hombres pasaron a ser cuerpos celestes, portadores del alma de los astros, y en su mirada resplandecía el universo entero, pero éste no me decía nada, por lo que me acostumbré al silencio como forma de vida. Las personas hablaban sin cesar, pero todo cuanto yo escuchaba era nada, una mudez astral, una incertidumbre de la existencia, un vacío en cada entonación, en cada gesto, en cada suceso que acontecía entre luz y luz. 
Me vale lo mismo cuando el anciano se mete las monedas temblando en el bolsillo que un disparo de fuego verde en el fondo negro de la noche, me parece igual de extraño que la cocinera ahora termine el cigarro con la desolación en su rostro, dispuesta a cortar las cebollas, que si estuviera cocinando mundos con polvo de estrellas. En las calles más decadentes de mi ciudad he visto las nebulosas más brillantes, porque en vez de ver lo que no era, imaginaba lo que era, y a la hora de imaginar siempre me llegaba la misma esencia, la luz inalcanzable e incomprensible por la que he perdido toda mi razón, el milagro mudo por el que soy un hombre muerto para esta realidad. Y allí donde vivo no puedo hablar con nadie, nadie me escucha, nadie me toca, y estoy temblando porque necesito contacto. Mi soledad no es pasajera, y mi problema no tiene solución. Han puesto un dedo negro en mi frente, y una serpiente de fuego levita rodeando mi cabeza.