26 de enero de 2013
Pobre del ser humano que se cree consciente mientras que, embotado en la mecánica de su pensamiento, deja pasar infinitos sucesos que tienen lugar simultaneamente en el tiempo. Pobres de los que no ven la entrada de luz a las cabezas, o los que no se detienen en el vals de la respiración, ¡Pobres de los que no prestan maravillada atención! ¡Ah este sentimiento uraniano! Este embotamiento de sucesos que rompen el tiempo y que me hacen premonizar el mundo blanco, el hombre con los iris en llamas escribiendo en las teclas del mundo que está perdido. ¡Vivimos ya en otras regiones de la realidad! La tierra ya no tiene nada de peso ante el pensamiento. ¿Quién lleva ahora equipaje al viaje? ¿Quién toca las pieles de los hombres? Es porque me siento fuera de aquí por lo que presiento que seremos menos carne que luz, ¡Y en nuestros ojos se empieza a dilucidar lo que nunca se ha visto hasta ahora! Porque siempre ha tenido más peso la sombra que el cuerpo, el sueño que lo real, y la acción es nada comparada a la vorágine de pensamientos que ahora se dibujan infinitamente en la red del cielo. Por fin se que Dios es la mente, que mi hogar la mente, que yo la mente, y programo y desprogramo la realidad a mi antojo, ¡Ya no creemos en los espectros del circo! Vemos su mensaje escrito en sus irreales frentes, el mensaje que proviene de la fuente Absoluta y Real, y sin poder descifrarlo, lo anotamos en nuestro cuaderno de la locura verdaderamente enferma de quien ve y no es visto. ¡Yo tengo un cuaderno en el que todo quedo apuntado! Y cuando levanto los ojos a la bóveda de flor accedo, me sumerjo en el sueño sin haber soñado, me veo, viajo fuera de mi, y empapo con el aliento de mi alma viajera y desatada los recuerdos más vivos que los cuerpos que me conviven, las sensaciones eternas de las que mi presencia no consigue escapar, los encuentros misteriosos de las fuerzas del cosmos que colisionan en mí como corrientes llenas de significado, bramando furiosamente porque no somos comprendidos, removiendo mi espuma y mi sangre, haciendo de mis huesos un enigma. ¡Ah viajeros de la mente! ¡Quienes levantan las velas eufóricas de la imaginación y escapan de la vida por fortuna! ¡Quienes disuelven sus cabezas en las aguas de la intuición, y navegan, y se sumergen hasta abajo saliendo por la corona del cielo! ¡Quienes abren los doce ojos al sueño, evadidos siempre de sus aceras, de sus salones, de sus gestos, quienes hablan y oyen de lejos sus palabras resonar sabiendo bien que sus palabras no son suyas, que ni siquiera resuenan! ¡Viajeros débiles, que izan anclas desde su silla, y hacen de los conceptos humanos nada, levantan el velo, el vuelo, y se desesperan porque lo que ven allí jamas será accesible a sus manos de acero! ¡Ya,ya,ya, nos sabemos hijos del cielo! Y cuando cerramos los ojos, y tomamos aire con conciencia, sentimos el viaje astral tan desorbitado que nuestra carne se disuelve en la ola de las interminables vibraciones.