En el momento del amor, llegará la gloria, la paz entre humanos, cuando más tarde que temprano miremos hacia el interior y veamos de que luz estamos hechos, atravesando los miedos de quienes somos para aceptar los miedos de los demás como propios, la tierra volverá a ser bella, se acabarán los humos y las guerras, el hambre será otro doloroso recuerdo del pasado y el ser humano dejará, por fin, de buscar la luz.
La melodía se apaga, intermitente, entre las ondas cerebrales, hablando
en compases binarios de complejidad encriptada, razonada, explicada,
aprendida y olvidada, en el eco de mi interior vacío bajo la córtex
cerebral. arrinconada hacia la nada, para que aprenda lo sensato del
momento más que del ayer o del mañana, los colores de la vida, la luz que todo lo crea, visible, invisible, o de ningún color.
Paisajes de colores, verdaderos paraísos artificiales, con cascadas de
agua púrpura, los árboles más grandes verdes que jamás haya visto
¡bailando! realmente bailando, como siguiendo una melodía arrastrada por
el viento, también pintado con la alegría de la inocencia, anestesiada,
disuelta en la nada, tremendamente feliz y risueña al degustar con su
fino tacto el abismal derroche de luz , que
protege el mundo como la madre al hijo, dándole calor y pecho, agarrado
al pezón incluso visitiendo barba, buscando siempre el abrazo que me
proteja, bajo este paisaje de colores, mi pequeño paraíso artificial.