9 de enero de 2013

Ultimamente duermo media madrugada y media mañana. Por las tardes amanezco y me dedico a la música, por la noche me entrego a la poesía. No tengo orden alguno en las horas de sueño, ni de comidas, ni prácticamente en ámbito alguno de mi vida. Podría decirse que vivo para el caos, para el abandono, pero no sería yo el que lo diría. Intento mantener la claridad tanto como me sea posible para el tipo de vida que llevo. No me ejercito, tal vez a la hora de tocar mis instrumentos, o los agradecidos paseos con mis colegas por la ciudad, pero mi cuerpo es tan solo la cosa que lleva mi cerebro, y esto es lo que verdaderamente me importa. Ay, mi cerebro... Me he propuesto ser su arquitecto, por eso ahora consulto las estrellas, por eso ahora leo mis sueños, por eso desde hace tiempo voy perdiendo el contacto humano, porque estoy adentro, construyendo lo de fuera.  Pero quédense tranquilos, no se apresuren, tan solo estoy planificando. Siempre está bien ser tranquilo. (Tal vez mi madre al entrar al cuarto vea en el reflejo de la ventana a su hijo mirando a la pantalla con los ojos vacíos, en silencio, pero ella sabe que la saludo desde mis salones de viento)
Como músico me siento repudiado, como poeta también. Por eso salgo poco; también porque me abomina mi aspecto, mi presencia, la hipocresía de tener que desarrollar una parodia social...De veras, me atormenta hasta el horror el hecho de tener que actuar. ¡Con sensibilidad la vida duele! Mis momentos más álgidos del día son cuando estoy a solas, conmigo, y consigo olvidar la parte más superficial de mi ser. Para eso necesito una brisa fresca de viento y un banco, con eso me basta para los viajes más placenteros, ¡Una brisa y un banco! Y el posible accidente fortuito que me traiga el azar. Un pedazo de mundo para que mis ojos se regocijen como un niño en una piscina de asombro. Es tan sano ser parte de un cuadro... Hace hasta gracia la emoción que me produce la vida en esos momentos de retiro.  
Mi única ambición es plasmar esta belleza en arte, detenerla en el tiempo, embotellarla en un pequeño y magnético frasco de cristal, y entregársela a quién tenga corazón para sentirla. Mi único deseo es que me sientan como puedo yo sentir a las personas que tantas veces me conmueven, como siento esta música inefable que brota del llanto de la humanidad, la voz del horror a la muerte, ¡Solo quiero que me sientan! Y para ello empleare  toda mi voluntad y mi fuerza, aunque se vaya toda mi vida al cielo. ¡Y se que no soy yo! No, no, no es verdad. No quiero que me sientan, tan solo quiero que sientan...¡Que sientan!