15 de febrero de 2013

"Creo que todos deberíais adularme eternamente."
- Miguel Sierra -


Más los pueblos callaron y siguieron con su profundo sueño. Al despertar, en el octavo día tras su muerte, acompañando al ocaso de la noche, vi cómo se acercaban los jinetes alados. Su luz era de una belleza tan sublime, que el propio sol se detuvo durante unos segundos para darles paso. No había más sonido que el del galopar de sus caballos sobre el rocío de las nubes, ni siquiera los pájaros más jóvenes, se atrevían a desafiarlos con su canto.

Les serví el almuerzo en la vajilla de cerámica. Tiempo atrás mi primo Hermes me la regaló en una ocasión especial, tras un fallido intento de convertirla en oro. Al tercer plato dejaron de comer. El reloj marcaba las cuatro en punto. Se levantaron de la mesa sin mencionar palabra alguna y bajaron, en el mismo orden con el que habían llegado, hacia el sótano de la casa. Allí solía yo guardar el baúl, escondido entre muebles en desuso y montañas de papeles huérfanos.  El primero de ellos avanzó sin titubeo hacia el viejo cofre. Se detuvo frente a él y esperó a que los demás también lo rodeasen. Entonces se inclinó para abrirlo, pero del interior del baúl salió un ruido tormentoso, agudo como la punta de un alfiler, que llegó a escucharse por toda la región. Los jinetes alados, escondidos entre sus capas negras y la penumbra del sótano, retrocedieron extrañados hasta que el ruido cesó. Acto seguido la tapa superior del cofre se abrió sin necesidad de llave alguna. De su interior brotó una luz que inmediatamente iluminó toda la sala. Luego, igual que se había expandido, se contrajo en tiniebla. El primero de los alados jinetes levantó la abertura superior. Todos se acercaron. Allí estaba, en lo que parecía un baúl vacío e inútil, el lugar donde se concentraban todos los puntos del universo.

Inmediatamente una fuerza superior, sin tiempo ni espacio, ni luz o sombra reconocible, nos engulló de súbito hacia el interior del baúl. Entonces desperté siendo Cassandra, pero mis visiones pasaron por simple locura ante los anticuados griegos; luego fuí Marco Antonio, pero mis ansias de acumular más poder me llevaron al suicidio; otra mañana desperté siendo Nietzsche, pero sólo pude imaginar en mi mente los placeres que se me negaban en vida. La última vez que desperté, en la ciudad que ahora me acoge, descubrí la belleza de plasmar los sueños en imagen, en movimiento, acompañada de sonido y delicada música. Logré el éxito, procuré acercarme a la perfección sabiéndola inalcanzable. Pero mis aires de grandeza, sabiéndome emperador, visionario y filósofo, acabaron por ahogarme en un mar de efímeros vasos de ron caribeño y soledad infinita.