1 de marzo de 2013
Ante todo cuídala, Jaime. Cuídala. Pues mi alma yace indolente en su inocencia. Y más allá de su sarcasmo se pierde la verdad. Pero eso es otro tema, ahora procuro acertar los dedos contra las teclas. Porque estoy borracho, sí, borracho. Y apuro las últimas caladas de mi porro de marihuana. Como si se acabase el mundo cuando la llama achique. Porque más allá del fuego no veo nada. Sin acción, el pensamiento, la emoción y la verdad, de nada sirven. Cuídala Jaime, ante todo cuídala. Porque es fragil como el hielo. Y yo, con mi eterna vestimenta de perdedor, me arrincono en un rincón de mi cama, para sentireme mejor, y así soñar. Porque en mis sueños los abrazos no me faltan. Ni las caricias. Ni las palabras de comprensión, los gestos de piedad, las esculturas desnudas, el humanismo. Sí, el humanismo, expresado en un tono rojo. Como los labios, o bien suyos, o bien de nadie, cuando se acercan hacia el todo con esa forma de corazón publicitario. Como partido en dos por arriba, pero sin llegar al fondo mismo, al albergue de amor, al paraíso de su vientre. Y más allá, la nada.