22 de marzo de 2013

Decidí pasar el día en casa, total, llovía sin tregua y no encontraba nada mejor que hacer, más que revisar una vez más la filmografía entera de Woody Allen. Ese cabrón sí que se reía de sí mismo. Tan bien lo hizo, que de ser un niño solitario, incomprendido por los de su edad, pasó a ser todo un ídolo, un maestro del humor, un genio. A mí de pequeño siempre me elegían el último para los partidillos del recreo. A veces prefería llevarme mi libro de Manolito Gafotas, para ahorrarme el desprecio, y leer tranquilamente bajo la sombra de un árbol hasta que sonara la sirena. Bendita sirena, siempre me rescataba del castigo social al que someten a todos los niños. Yo me encontraba más cómodo en clase, ahí es cuando aprovechaba para hablar y jugar. Siempre me gustó ir a contracorriente. Y me bastaba atender a una explicación, para entender toda la materia de una hora de problemas. Así que me dedicaba a molestar a las chicas. Para llamar su atención, claro. A partir de ahí, me convertí en un cabrón. Ví que me hacían caso, que les interesaba algo de mí, yo que sé el qué, quizás me veían como a un rebelde. Quizás lo sea, pero sin causa, comos los verdaderos revolucionarios. Como Colón cuando descubrió un continente, practicamente sin enterarse. Luego vino el mayor exterminio de la historia de la humanidad, mucho más atroz que el de comunistas o fascistas. Pero claro, nadie habla de eso cuando rememoran el descubrimiento de América. Es mejor llenar la barriga y beber hasta perder la conciencia. Sí es que se tiene, barriga claro.