¡Existo!
Nada existe más que yo,
en mi consciencia, en mi razón,
en mis delirios y en mis sueños,
¡Ah los sueños!
Quizás ahí no sólo yo exista,
quizás al abandonar mi cuerpo,
abandone también mi razón,
para diluirme en el infinito,
en el inconsciente,
quizás colectivo,
quizás sólo imaginación.
¡Pero qué hermoso el cielo gris!
¡Pues existe!
Ni negro, ni blanco: gris,
como yo, ondeando levemente
entre la vida y la muerte.
¡Bendita sea mi mujer!
No la que necesito,
sino la que soy
(¿Por qué iba a conformarme
con ser sólo hombre?)
Si en mí habita todo lo habitable,
si yo soy la estrella que brilla,
la estrella que brilla y murió,
la estrella que aún no ha nacido,
si me contraigo y expando,
como el universo,
entre los latidos de mi corazón,
¡Existo!
Y como sé que existo,
sé que no existo.
Soy Dios y Hombre,
soy bien y mal, soy luz y sombra,
soy el que duerme y el que hace,
soy el que piensa y el que olvida,
y en mi pupila y en mis iris,
encontraréis la belleza del cosmos,
así como la neurosis más personal,
así como fui niño y soy adulto,
soy niño y fui adulto,
soy mi madre y mi padre,
soy mis hermanos y mis amigos,
soy el panadero que sonríe,
y el panadero que olvidó sonreir.
Y siendo tantas cosas,
¿Cómo iba a querer ser otro?
Si lo soy todo y soy nada,
si estoy aquí y nunca estuve,
si soy el tiempo, y el reloj,
y el no reloj y el no tiempo.
¡Existo!
¿Pero qué importa?
Si todo existe, siempre igual,
soy la piedra y lo que nunca fue piedra,
el Big Bang y el juicio final,
si ya lo he vivido todo
y me queda todo por vivir,
¿Por qué sonrío entonces?
Porque he olvidado pensar,
para existir, nada más.