Llantos persas mullen mi estómago,
se revuelven entre ningún silencio,
acariciando mis extremos fatales,
sonrío al imaginar solo en mi habitación,
como acallo las calles en busca del bar abierto,
o de un corazón dispuesto a alargar la noche,
hasta los más secretos rincones de Madrid,
y de mi abandonada autocompasión,
delirante hasta alcanzar tu sonrisa,
y la locura.