No amigos, muertos no estamos,
nos lo marca lo oscilado de la línea,
su vaibén alborotado entre extremos,
los dos picos en que se alberga la vida.
El devenir del tiempo poco importa,
las fronteras de tierra y terror
sólo en la mente habitan.
El dulce dolor es sólo un momento,
como el trágico instante de felicidad,
ni uno ni otro han de dominarnos,
tampoco su ausencia nos ha de gobernar.
La breve y eternamente doliente vida,
cuán terribles parecen sus brazos,
como únicos y súblimes que son.
Los ascetas, del dolor procuran librarse,
renunciando también al goce físico y mental,
es una buena salida del castigo del miedo,
pero la vida consiste en eso, en de ella gozar.
¡Qué hermosos los niños y ancianos!
pues comprenden como nadie,
lo que en ellos acaba o vuelve a empezar.