21 de abril de 2013

Si en una escama de un pez
se pudiese dibujar una visión,
una de esas escamas multicolores
en que a veces se nos muestran mundos,
me gustaría pintar la historia de Bellarina.
Y si acaso podría salir de la escama una música,
sonaría una flauta de pan, como el silbido del viento por la mañana,
anunciando monotonamente y con dulzura el nuevo misterio que trae el día...
Ah, y si todo eso cobrase movimiento, un girar del tiempo y la luz en la imaginación,
representaría la tragedia de "Como los cerdos púrpuras le mutilaron la inocencia a Bellarina".
Estos cerdos caminaban trotando como canicas de colores por las villas de la escama,
y sus cuerpos destellantes se fundían en chorros cromáticos de madreperla hasta parecer un tren,
un tren que silbaba entre gruñidos de cerdo "Bellarina bellarina donde esta mi rosada cochina"
Este tren de cerdos púrpuras entonaba esa cancioncilla una y otra vez, con entonación infantil,
como la que adapta el diablo cuando posee las almas de los niños que te dañan en la infancia,
y a su paso lo llenaban todo de grasamasablancablandasaladapestosalivante.
Y la historia es corta, no me apetece seguir escribiendo,
llegaron los cerdos y se la follaron por delante.