Aquí estoy, fumándome el tabaco
que robé de un vagabundo,
soy la miseria de la miseria,
la última palabra absurda
antes del beso.
Aquí estoy, encerrado y solo,
quejándome demasiado por nada,
por todo, me siento acribillado.
No me envenenaron,
ni me robaron el amor,
yo me envenené
y lo mandé a paseo.
Soy el acento que sobra,
pero que extrañas cuando falta,
aunque la palabra no tenga sentido.
Soy el amanecer de mil cadáveres
antes del momento de procrear.
Soy la madre avergonzada
de un niño al que nunca culparé
por no ser mío.
Soy la ciudad en penumbra
y las calles de malasaña sin un duro,
y la burla de los bufones sin espejo,
y la cicatriz que nunca cerró.
No soy nada ni nadie
y deseo serlo todo y todos,
sabiendo que polvo soy
y polvo seré.
Aquí estoy, enfadado con el mundo,
sólo porque rechazó abrazarme
o yo no quise ver su abrazo global.
Y me detesto y me hundo
en un mar de gatos sin cuerpo
con el alma de mil gatos
y el plato de comida lleno
y el cuenco de la vida
todavía por llenar.