Hoy he curioseado entre los escritos de Marcela. He encontrado un relato que escribió en un curso de escritura. Ya le dije a su padre que no era buena idea, pero se puso muy pesada con que quería apuntarse. Cuando me dijo que no quería volver, no hice más preguntas. Pero antes de dar el portazo de turno, dijo: «que le jodan al puto italiano». Luego, su padre lloraba. Luego, él también desapareció. Luego, la culpa, toda mía. Y la reina en su cuarto, encerrada, no vaya a enterarse de nada la niña, que es muy sensible. Mentira, Marcelita; tú y yo hemos sabido siempre de qué tamaño es ese bicho rencoroso que guardas dentro, ¿verdad, mi cielo? Ojalá te parecieras en algo a Manuela. Y ahora me encuentro con esto, pero no tengo a quién restregárselo. El tiempo me terminará dando la razón.
Marcela sacó las hojas de la carpeta, se quedó con una y repartió las otras entre sus compañeros y el profesor.
-Al final he escrito lo que me ha dado la gana, porque no me atraía la propuesta de las descripciones.
Carlos se rió.
-No esperaba menos. A ver, léelo.
Marcela lo miraba fijamente, con el ceño fruncido.
-Es que no estoy muy segura de si me gusta cómo ha quedado. Porque en realidad no quería hacer lo que he terminado haciendo
-¡No empieces! Vamos a leerlo y a ver qué tal.
-Vale –Marcela le sonrió y volvió la cabeza al texto. Carraspeó:
Sacó su texto de la carpeta y lo colocó encima de la mesa. Repartió las cinco copias entre sus compañeros y el profesor.
-He intentado ser fiel a la propuesta, pero no estoy seguro de haberlo logrado.
-Vamos a leerlo, a ver qué tal –contestó el profesor, colocando su copia del texto frente a él, encima de los otros papeles que había acumulado durante la clase, sin apartar la vista de su alumno mientras lo hacía.
-No sé, igual es demasiado duro…
-Venga Faulkner, no me seas. Vamos a leerlo.
Adrián le sostuvo la mirada unos segundos y después bajó la cabeza y carraspeó:
«Alejandro tenía la piel clara y el pelo negro, muy negro, como los ojos de su madre, que murió cuando tenía tan sólo siete años. El día del entierro, porque un manto gris cubría el cielo y las lágrimas le nublaban la vista, no fue capaz de ver con claridad el camino que había que seguir desde la puerta del cementerio hasta el nicho donde la enterraron. Por eso no pudo encontrarlo las veces posteriores en que fue a visitarla.
-Podría seguir llorando toda mi vida –le dijo a su padre, que caminaba junto a él, de la mano.
-Tu madre era como una mañana de Primavera, acariciando su piel blanca, pura, suave, se detenía el tiempo.
-Mamá era como era como la princesa del cuento que me lees todas las noches.»
Adrián se detuvo.
-Aún no lo he terminado. Pero tengo pensado seguir con esta historia, a ver si saco algo más largo que un relato.
El profesor levantó las cejas y apartó la hoja de su cuerpo. Miró al resto de los alumnos y sonrió al detenerse en Rodrigo. Suspiró con la boca abierta.
-¿Qué os ha parecido?
-A mí me ha gustado mucho–dijo Javier, algo tembloroso–, me ha emocionado. Es una historia bonita, ¿no? La historia de un niño que se queda huérfano. Me gusta en especial cuando el padre dice eso de «tu madre era como la primavera, con su bella piel blanca…», es poético.
-¿Y los demás? Rodrigo, que estás muy serio, a ver, ¿qué te ha parecido?
-Pues un poco cursi, Adrián, la verdad. Las descripciones son pretenciosas y demasiado afectadas; no creo que un niño de siete años vaya a decir nunca nada parecido a….-volvió la mirada al texto y subrayó la frase mientras la leía en voz alta- «podría seguir llorando toda mi vida», a no ser que quieras contar que se trata de un chaval un tanto especialito.
-A mí me ha parecido interesante esto de que no podía encontrar la tumba cuando iba a visitarla -intervino Marta-, igual sería interesante que desarrollaras eso…
El profesor se rió sin disimular lo divertida que le resultaba la escena.
-La propuesta era escribir un relato en el que se plasmaran sensaciones, emociones, sentimientos. Creo que te pierdes dando tantas explicaciones. Si pones que el cielo estaba cubierto con un manto gris, es innecesario que sigas insistiendo tanto en la tristeza de los personajes, que además, se sobreentiende al tratarse del entierro de la madre y mujer de los dos sujetos en cuestión. Y esa no es una historia interesante, es más bien una anécdota. Pero vamos por partes, ¿qué querías contar con el diálogo entre el padre y el hijo?
Alejandro dudó.
-Bueno, era una manera de expresar cómo se sienten los personajes.
-Vale, quieres contar que la echan de menos. ¿Y por qué lo retuerces tanto?
-¿A qué te refieres con que lo retuerzo?
-A ver cómo te lo digo; me refiero a que estás tratando de ser poético y resultas cursi. ¿Dónde has leído eso de la mañana de primavera?
-¿Cómo que donde lo he leído? En ninguna parte, me ha salido así.
El profesor soltó una carcajada y miró al resto de sus alumnos.
-¿Alguien ha tenido alguna vez la sensación de que otra persona le recuerde a una mañana de primavera? Por cierto, primavera va con minúscula.
Marcela se detuvo y levantó la vista para fijarla en la pared de enfrente.
-Aún no lo he terminado...
-¿De verdad soy así de capullo? –interrumpió Carlos. Los demás se rieron.
-Qué va, hombre, sólo un poco –dijo Nerea, guiñándole un ojo.
Carlos sonrió y volvió la mirada hacia Marcela.
-Bueno, pues… ¿qué os ha parecido?