Una nota retumba en mi cabeza,
mis dedos sangran, mis oídos son dedos,
mi sangre es del color de un día tranquilo,
alborotado como el canto del jilguero común,
asumiendo el paso del viento,
entre las gotas negras de mi velo.
La fortaleza cae con una sílaba,
con un silbido, se edifica en chocolate.
Mi sacro imperio resucita la mañana,
tras haber sucumbido a otra noche de nadie.
Una nota retumba en mi vientre,
afrancesada y dulce, pestañea un adios,
aflorando los futuros que están tejiendo,
sonriendo a las muchachas tras la sirena.
Llueve en mayo como si nada,
como si todo, me pregunto qué es la lluvia,
y te encuentro parada en medio de Madrid,
dejando que las gotas descubran tu vestido,
al tacto de tu piel empapada, transparente,
como transparente es mi recuerdo,
cuando te comía los pezones en algún futuro,
todavía por tejer.