He tenido pensamientos febriles sobre anos,
he imaginado el ojete peludo de Donatien Alphonse François,
y entre las nalgas de mi ojete al defecar he muerto.
Desaconsejo a los bípedos comer escremento,
atreviéndome a desaconsejar lo que mejor saben escupir.
En su habilidad para soltar mierda por el orificio bucal,
he encontrado la mayor virtud de su raza o rareza.
En su manera de soltar escrementos todos en la misma postura,
abriendo su puerta al mismo espacio vacío que los menos dignos,
en su divina forma de convertir en mierda el oro que comen,
he encontrado por fín la perfección.
Es por ello que me duele tanto, no cuando les distingo,
sino al imitarles, no al cagar, sino al escupir escrementos vía oral,
cuando encuentro en mi abdomen el horror más oscuro.
La compasión sobre una perfecta máquina de perfección,
que perdió algún tornillo en algún retrete de la historia,
tras alguna derrota y algunos vencidos humillados y silenciados,
quizás ahí, se perdió la maravillosa fórmula de las personas.
Ellos se empeñan en comer mierda y cagar mierda,
en convertir el oro del mundo en carne mutilada,
para sembrar de escrementos sus sueños frustrados.
¡Qué desdicha! La mía al contemplarlos defecar,
cuando veo todo lo que hacen mal, a la inversa,
creyendo que la única vía de su cuerpo es la de expulsar,
físicamente, sín metáfora; obstruyendo el tren universal,
sin ser capaces de pensar por un segundo, de lo que son capaces:
Convertir la mierda del mundo en oro y en luz,
convertir la mierda física que producen y expulsan,
en la mierda metafórica que les limita y temen de ellos;
deben saber que son capaces de sembrar en el campo,
y recoger y alimentarse los unos a los otros;
deben saber que no son sólo vertederos de vacío,
sino profundos refugios de pasión e instinto.
Pero todo eso da igual, tras ver el ojete de Donatien Alphonse François,
porque lo que convirtió en oro, la gente lo esconde en mierda.